En una reciente entrevista que le hizo el medio francés news.cnrs al filósofo Edgar Morin, aseguró que las sociedades deberían “entender que la controversia es lo que hace que las ciencias prosperen y progresen”. Lamentablemente ni los propios sectores científicos pueden asimilar la idea de Morin.

Si de algo nos hemos llenado en estos 10 meses son de perplejidades y no de certezas. Las idas y vueltas han sido desgastantes alrededor de diversos temas: el rol de los asintomáticos, las mascotas (perros y gatos) no se contagian, el uso de la mascarillas, el contagio vía aire, la hidroxicloroquina, la inmunidad tras la infección y la eficacia de la vacuna son alguno de los temas que han traído a los ciudadanos del mundo de cabeza por la nula certidumbre.

Los cerca de 2 millones de personas que han muerto en el mundo, la reciente cepa y la alta posibilidad de una tercera variante nos pone en un panorama poco alentador. Queda claro que el virus, como el Rock & Roll, llegó para quedarse y hasta la fecha no hay alternativa que pueda disminuir su mortalidad.

En los últimos meses ha estado en el ojo del huracán una posible alternativa para contrarrestar el virus: el dióxido de cloro. Cabe destacar que este químico y su vínculo en el sector salud no es nuevo, ya tiene un recorrido de 40 años (hay fuentes que mencionan 100 años) y siempre en el terreno de la controversia. Es importante destacar que el presente artículo no pretende ni apoyar ni desacreditar a la sustancia, sólo se pondrá a consideración la información y ciertas ideas muy concretas y especificas alrededor de los argumentos tanto de los detractores como de los partidarios.

También es importante mencionar que estamos frente a un tema espinoso y sobre todo complejo ya que es multidisciplinario. En un primer momento, la voz autorizada sería la de un químico (toxicólogo); posteriormente, ya en el terreno de la ingesta y lo que sucede con las células, la de un biólogo; y finalmente, en la concepción de un tratamiento, un especialista de la salud. Y bueno, no sobra decir que todo el tiempo tendrían que estar de la mano trabajando y analizando el proceso.

¿Qué es el dióxido de cloro?

 De acuerdo con la ATSDR (por sus siglas en inglés Agency for Toxic Substances and Disease Registry), se trata de un gas de color amarillo o amarillo-rojizo que se descompone rápidamente en el aire. Debido a que es un gas peligroso, el dióxido de cloro siempre se manufactura en el lugar donde habrá de usarse. Se usa como blanqueador en las fábricas que producen papel y productos de papel y en las plantas de tratamiento de agua que producen agua potable. El dióxido de cloro también se ha usado para descontaminar edificios públicos. El dióxido de cloro es soluble en agua y reacciona rápidamente con otros compuestos. Cuando reacciona en el agua, el dióxido de cloro forma iones de clorito, los cuales son también sustancias muy reactivas. La alta reactividad del dióxido de cloro le permite matar bacterias y otros microorganismos en el agua. Aproximadamente el 5% de las más grandes plantas de tratamiento de agua (las cuales sirven a más de 100,000 personas) en Estados Unidos usan dióxido de cloro para el tratamiento de agua potable. Se estima que 12 millones de personas pueden estar expuestas al dióxido de cloro y a los iones de clorito a través del agua potable.

¿Cómo surge la polémica?

El Dr. Manuel Aparicio Alonos es egresado de la Universidad Autónoma de Querétaro, y cuenta con la especialización en Traumatología y Ortopedia por la Universidad Veracruzana. También es vicepresidente la COMUSAV (Coalición Mundial Salud y Vida), la cual, de acuerdo con información de la propia coalición, está integrada por 22 países y cinco mil médicos a nivel mundial (uno en España y el resto en Latinoamérica).

El Dr. Aparicio recurrió al dioxido de cloro para tratar a los pacientes del Centro Médico Jurica (Qro.), en donde se desempeña como Director Médico y Responsable Sanitario, con muy buneos resultados. De acuerdo con el propio Dr. Aparicio, en mayo del año pasado fue cuando utilizó por primera vez esta sustancia para tratar a un paciente con covid-19, quien tuvo una mejoría considerable. De esta manera continuó con los tratamientos hasta llegar a dos mil pacientes curados, de los cuales trescientos llegaron en condiciones muy graves (requerían intubación). A principios de julio, la Dirección de de Protección contra Riesgos Sanitarios suspendió dicha instalación por utilizar en sus tratamientos dioxido de cloro, el cual no está aprobado por OMS,FDA Y COFEPRIS. De ahí a la fecha, el tema del dioxido de cloro ha estado en la mesa de discusiones.

Cabe destacar que la referencia académica y de investigación de Manuel Aparicio es el alemán Andreas Kalcker, licenciado en Economía y maestro en Biofísica y Salud Alternativa. Kalcker desarrolló un tratamiento para niños con autismo, el cual parte de la idea de que no se nace con autismo, sino que se adquiere en los primeros años de vida y está relacionado con un trastorno intestinal que los hace susceptibles a intoxicaciones. El tratamiento consiste en una dieta estricta y la desparasitación que consiste en tomar, de manera gradual y en dosis específicas, dióxido de cloro. No es necesario mencionar que Andreas Kalcker también se encuentra inmerso en el ojo del huracán. Aquí una de las tantas notas donde lo descalifican 

 Detractores y partidarios.

Mientras que las autoridades de salud mundial (FDA, OPS, ACI, OMS) han recalcado que “tanto el Clorito de Sodio (NaCIO2) como el Dióxido de Cloro (CDS o ClO2) son ingredientes activos de ciertos desinfectantes, y no están hechos para que los ingieran las personas como parte del tratamiento de ninguna enfermedad”, los partidarios aseguran que no puede compararse el clorito de sodio (lejía, también conocida como lavandina o cloro) con el dióxido de cloro “pues son substancias totalmente diferentes y no pueden compararse como si tuvieran los mismos usos o efectos”, asegura el Dr. Manuel Aparicio Alonso.

Tanto partidarios como detractores no cuentan con un protocolo de investigación que afirme o desmienta la posible funcionalidad del compuesto químico en pacientes con COVID-19. La Dra. Karina Acevedo Whitehouse, investigadora de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), menciona que a pesar de no contar con evidencia científica, sí se ha probado su efectividad en pacientes con COVID-19 de manera no controlada en escenarios hospitalarios y clínicas. La misma Dra. Acevedo alude a un estudio realizado en 1981 donde “sí existe evidencia publicada de que se puede utilizar de manera segura para contrarrestar infecciones, entre ellas, las virales”.

El estudio al que hace referencia la investigadora lleva el título Evaluaciones clínicas controladas de dióxido de cloro, clorito y clorato en el hombre, y tuvo la siguiente finalidad: “Para evaluar la seguridad relativa de los desinfectantes de agua con cloro administrados crónicamente en el hombre, se llevó a cabo un estudio controlado. La evaluación clínicas se realizó en las tres fases comunes a los estudios de fármacos en investigación. La Fase I, una investigación de tolerancia a dosis crecientes, examinó los efectos agudos del aumento progresivo de dosis únicas de desinfectantes de cloro en voluntarios varones adultos sanos normales. La fase II consideró el impacto en sujetos normales de la ingestión diaria de desinfectantes a una concentración de 5 mg/l. durante doce semanas consecutivas. Es de esperar que las personas con un nivel bajo de glucosa-6-fosfato deshidrogenasa sean especialmente susceptibles al estrés oxidativo; por lo tanto, en la Fase III, clorito a una concentración de 5 mg/l. se administró diariamente durante doce semanas consecutivas a un pequeño grupo de sujetos con deficiencia de glucosa-6-fosfato deshidrogenasa potencialmente en riesgo. El impacto fisiológico se determinó mediante la evaluación de una batería de pruebas cualitativas y cuantitativas. Las tres fases de esta evaluación clínica controlada doble ciego del dióxido de cloro y sus metabolitos potenciales en voluntarios varones humanos se completaron sin incidentes. No se observaron secuelas clínicas indeseables obvias por parte de ninguno de los sujetos participantes o por el equipo médico observador. En varios casos, las tendencias estadísticamente significativas en ciertos parámetros bioquímicos o fisiológicos se asociaron con el tratamiento; sin embargo ninguna de estas tendencias se consideró que tuviera consecuencias fisiológicas. No se puede descartar la posibilidad de que, durante un período de tratamiento más prolongado, estas tendencias puedan alcanzar proporciones de importancia clínica. Sin embargo, debido a la ausencia de respuestas fisiológicas perjudiciales dentro de los límites del estudio, se demostró la seguridad relativa de la ingestión oral de dióxido de cloro y sus metabolitos, clorito y clorato.”

El argumento recurrente, en los últimos seis mese, por parte de los detractores es el hecho de que le dióxido de cloro puede ocasionar graves efectos adversos: cambios en la actividad eléctrica del corazón, ritmos cardíacos anormales, baja en la presión arterial, insuficiencia hepática aguda, vómitos y diarreas severas. En referencias más completas y profundas, el licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de Oviedo, Germán Fernández ha mencionado que el tratamiento del alemán Andreas Kalckeren sobre la oxigenación de glóbulos rojos a través de una corriente de dióxido de cloro, en realidad es un fenómeno físico muy recurrente en medicina llamado ósmosis. Aquí puedes ver la explicación (compleja y muy especializada) del químico Fernández. Lo que también resulta muy significativo es ver los diversos comentarios que hay sobre la exposición. 

Aterrizando ideas

El consumo de alcohol y cigarro representan un fuerte daño a la salud pública en muchos países del mundo. Lamentablemente muchos de nosotros tenemos a un familia o amigo que estuvo tomando cierto medicamento para mitigar un malestar, y con el paso de los años le provocó un padecimiento, en ocasiones, mucho más grave que el primero. Estamos inundados de soluciones médicas, aprobadas y certificadas, de las cuales nadie, ni las autoridades de salud ni los propios médicos, nos advierten de sus posibles repercusiones… y mucho menos nos da una alternativa para poderlo mitigar.

Hace tres años nos enteramos de Los Sackler, una de las familias más poderosas de Estados Unidos y a la que se le denominó “los Medici del siglo XX”. En 1995 lanzaron al mercado el OxyContin, un medicamento para el dolor a base de opioides que era casi tres veces más fuerte que la morfina. El doctor Brandon Marshall, profesor de epidemiología de la Universidad de Brown, Rhode Island (EE.UU.), mencionó en su momento que el OxyContin “es un analgésico que se sintetiza a partir de la tebaína, una sustancia presente en el opio. O sea, es familia de la heroína”. A pesar de la advertencia, la cual tuvo poco eco en los medios de comunicación, el medicamento comenzó a comercializarse por todo Estados Unidos sin mayores trabas por parte de los organismos de salud a nivel mundial.

Bajo una extraordinaria campaña de marketing y sobornos a farmacéuticas y médicos, la fortuna de los Sackler se multiplicó y para 2016 ya estaban entre las familias más ricas de Estados Unidos, con una riqueza ascendente, según cálculos de la revista Forbes, a US$13.000 millones. Este fue el inicio de la catástrofe que se desató en 2016 cuando murieron más de 60,000 personas por sobredosis de opioides en Estados Unidos; y lo peor aún es que en 2014, cerca de 1,300 millones de personas fueron tratados por esta causa en hospitales y salas de emergencia… y OxyContin continuó en el mercado sin mayores problemas.

Por alguna razón, que no especularemos ni daremos mayores idea, las consecuencias de consumir OxyContin fueron reveladas; la pregunta aquí es ¿cuántos medicamentos autorizados habrá circulando para “mitigar” un padecimiento a sabiendas de los efectos nocivos que puede causar a futuro?… y bueno, qué decir de todo lo que se ha dicho alrededor de la vacuna para el COVID-19 en este mismo orden de ideas.

Estamos cerca de los 100 millones de casos y dos millones de muertes en el mundo por COVID-19. Lo peor de todo es que el panorama es muy gris: mutaciones del virus en donde la vacuna (polémica ya de esencia) queda prácticamente sin ningún efecto benéfico. Si las condiciones son tan adversas, si el virus ha demostrado ser mucho más eficaz que todas las medidas tomadas hasta el momento, entonces: por qué no darle oportunidad a una alternativa que tiene muchos partidarios de a pie, es decir, gente de la sociedad civil que en un momento de desesperación recurrió a la alternativa de dióxido de cloro y le brindó extraordinarios resultado.

Ojalá que las voces autorizadas y quienes han estado trabajando con el dióxido de cloro en diferentes rubros y padecimientos, pueden sensibilizar a las autoridades oficiales para realizar ensayos clínicos con dióxido de cloro, y que ello lleve a un terreno de certidumbres, precisiones y argumentos, en lugar de intercambios mediáticos que resultan estériles e infructuosos.

A principios de agosto del año pasado, Bolivia autorizó el uso del dióxido de cloro para tratar a pacientes con COVID-19. Hasta la redacción de este artículo, dicho país sudaméricano contaba con 181 mil casos y 9,530 decesos; mientras que nuestro país contaba con 1 millón 600 mil contagios y 138 mil muertes. Por supuesto que la población también influye, así que veamos los números en porcentajes: en Bolivia ha muerto el 0.08% de su población, mientras que en nuestro país ha muerto el 0.10%. Posiblemente las cifras y las referencias de otros lugares también puedan dar claridad al camino que se debe tomar.

Es, sin duda, momento de enfocar la atención entre lo urgente y la precaución. Para terminar, y regresando a las ideas del filósofo Edgar Morin, “el mundo de la ciencia ya había visto una feroz discusión cuando apareció el SIDA en 1980. Por otro lado, los filósofos de la ciencia nos han demostrado específicamente que la disensión es una parte inherente de la investigación, la cual necesita avanzar. Desafortunadamente pocos científicos han leído a Karl Popper, quien determinó que una teoría es científica sólo so es refutable”.   

Que se abran las puertas a la investigación, a la disensión… que se abran la puertas para poder refutar y argumentar al establishment que vivimos en el sector salud y, que posiblemente, está evitando el avance que requiere el mundo.